Fără categorie

Contraté a un actor para que fingiera ser mi novio en la fiesta en la piscina a la que mi exmarido apareció con su amante.

Dentro de la caja no había nada caro.

Ni una amenaza.

Ni siquiera algo especialmente elaborado.

Había un espejo.

Uno pequeño, con marco negro.

Y debajo, una tarjeta.

Javier la cogió y leyó en voz alta:

—«Para que la próxima vez que quieras humillar a alguien por su aspecto, empieces mirando a la persona que tienes delante».

Su expresión cambió.

—¿Qué mierda es esto?

Alejandro mantuvo la calma.

—Solo he pensado que, después de tu comentario, te vendría bien.

Varias personas habían escuchado lo ocurrido.

Mi hermana intentaba contener la risa. Dos amigos de mi hijo apartaron la mirada, incómodos.

Pero yo no me reía de Javier.

Sonreía porque, por primera vez desde nuestro divorcio, alguien había respondido a una de sus humillaciones sin pedirme después que lo disculpara.

Javier tiró la caja sobre una mesa.

—¿Quién te crees que eres?

Alejandro dio un paso hacia mí.

—Alguien que sabe que hablar así a la madre de tus hijos delante de ellos es bastante más vergonzoso que cualquier cosa que puedas encontrar en un espejo.

Javier miró alrededor.

Entonces vio a nuestro hijo.

Sergio estaba junto a la piscina.

Había escuchado todo.

—Papá —dijo—, para.

Aquellas dos palabras hicieron más que el espejo.

Javier se quedó quieto.

—Estamos hablando los adultos.

—Es mi cumpleaños —respondió Sergio—. Y acabas de insultar a mamá delante de mis amigos.

Lucía tocó el brazo de Javier.

—Déjalo ya.

Él se apartó.

—No te metas.

La cara de Lucía cambió.

Por primera vez pensé que quizá ella tampoco conocía del todo al hombre por el que había apostado.

Alejandro se inclinó hacia mí.

—¿Estás bien?

Asentí.

Pero entonces sentí vergüenza por otra cosa.

Toda aquella situación había empezado con una mentira mía.

Había contratado a un desconocido para fingir que me quería porque todavía necesitaba demostrarle algo al hombre que me había abandonado.

Miré a mi hijo.

Aquella fiesta era para él.

No para mi divorcio.

—Se acabó —dije.

Javier sonrió con arrogancia.

—Por fin.

—No hablo contigo.

Me volví hacia Alejandro.

—Tengo que decir la verdad.

Él entendió inmediatamente.

—Hazlo.

Respiré hondo.

—Alejandro no es mi novio.

Javier soltó una carcajada.

—¡Lo sabía!

—Es actor.

La risa de Javier se hizo todavía más fuerte.

—Esto es patético.

Durante unos segundos sentí que volvía aquella vergüenza.

Pero no huí.

—Sí —dije—. Un poco patético sí que ha sido.

Javier dejó de reír.

—Después de veinte años contigo, estaba tan acostumbrada a medir mi valor según lo que tú pensaras de mí que pagué a alguien para fingir que me encontraba atractiva.

Nadie dijo nada.

—Eso fue un error mío. Pero hay una diferencia entre nosotros, Javier: yo puedo reconocer el mío.

Lucía bajó la mirada.

Nuestro hijo se acercó y me abrazó.

—Mamá, me da igual si tienes novio o no.

Aquello casi consiguió que llorara.

Alejandro sonrió.

—Bueno, oficialmente creo que mi trabajo aquí ha terminado.

—Supongo que sí.

Le tendí la mano.

Él la miró y negó con la cabeza.

—Después de todo esto, por lo menos me merezco un trozo de tarta.

Me eché a reír.

—Eso sí puedo ofrecértelo.

La tensión se rompió.

Javier no tardó mucho en marcharse.

Lucía fue detrás de él, aunque no antes de acercarse a mí.

—Lo que dijo antes… estuvo fatal.

No sabía qué responder.

—Gracias.

Ella dudó.

—No creas que sabía cómo te hablaba.

Después se fue.

Alejandro se quedó aproximadamente una hora más. Comió tarta, habló con mis hijos y terminó jugando al fútbol con varios adolescentes en el jardín.

Cuando se marchaba, saqué el sobre con el dinero acordado.

—Aquí tienes.

Lo aceptó.

—Gracias.

—Y gracias por el espejo.

Sonrió.

—Ese no estaba incluido en el servicio.

—¿Lo preparaste tú?

—Cuando me contaste por teléfono algunas de las cosas que te había dicho tu ex, pensé que quizá lo necesitaríamos.

Negué con la cabeza, divertida.

—Eres un actor bastante extraño.

—Me lo dicen mucho.

No ocurrió ninguna escena romántica.

No me besó.

No descubrimos mágicamente que estábamos destinados el uno para el otro.

Simplemente se marchó.

Y, curiosamente, aquello me hizo sentir mejor.

Porque por primera vez comprendí que no necesitaba sustituir a Javier por otro hombre para demostrar que había seguido adelante.

Necesitaba dejar de demostrarle nada.

Dos semanas después, Javier vino a recoger a los niños.

Esperó junto a la puerta y me miró durante unos segundos.

—¿Sigues viendo al actor?

—No.

Sonrió.

—Ya decía yo.

Antes, aquella sonrisa me habría dolido.

Esta vez no.

—Pero he vuelto a apuntarme a natación —dije—. He quedado el sábado con unas amigas. Y la semana que viene empiezo un curso que llevaba años queriendo hacer.

Frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada. Ese es precisamente el punto.

Cerré la puerta.

Meses después encontré el pequeño espejo negro en una caja con las cosas de la fiesta.

Estuve a punto de tirarlo.

Al final lo puse sobre mi cómoda.

No para recordar a Javier.

Tampoco a Alejandro.

Lo conservé para recordar el día en que entendí algo mucho más sencillo:

durante demasiado tiempo había mirado mi vida a través de los ojos de un hombre que había decidido que yo ya no era suficiente.

Y cuando finalmente dejé de hacerlo, la mujer que vi en el espejo no necesitaba que nadie fingiera quererla para saber cuánto valía.