El bebé del barón nació ciego
Aquella noche, mientras fregaba el suelo del pasillo, Renata volvió a oír el mismo silencio.
Un silencio que no era normal.
Los bebés lloran. Se quejan. Se mueven. Buscan brazos.
Pero en aquella casa reinaba una calma que erizaba la piel.
Renata miró hacia la puerta de la habitación del pequeño Felipe.
Estaba entreabierta.
Dudó.
Sabía que el barón había sido claro: nadie debía entrar.
Pero algo dentro de ella no la dejaba tranquila.
Miró a ambos lados del pasillo.
Nadie.
Empujó la puerta muy despacio.
La habitación estaba en penumbra. Las cortinas apenas dejaban pasar la luz de la luna. En medio del cuarto, la cuna de madera se balanceaba suavemente.
Renata se acercó.
El bebé estaba allí, con los ojos abiertos.
Inmóvil.
Demasiado inmóvil.
—Pobrecito… —susurró ella.
Se inclinó sobre la cuna.
Felipe no reaccionó.
No movió las manos. No hizo ningún sonido.
Renata frunció el ceño.
Algo no encajaba.
Acercó su dedo a la pequeña mano del niño.
Nada.
Ni un gesto.
Entonces hizo algo más.
Chasqueó los dedos suavemente cerca de su oído.
El bebé parpadeó.
Renata se quedó helada.
Volvió a hacerlo.
El niño volvió a parpadear.
—No puede ser… —murmuró.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
Si el bebé reaccionaba al sonido… significaba que no estaba completamente ausente.
Pero había otra cosa.
Renata miró fijamente los ojos del pequeño.
No parecían los ojos de un niño ciego.
Había algo extraño en ellos.
Algo… tenso.
De repente recordó algo de su infancia.
Uno de sus hermanos pequeños había pasado meses sin reaccionar a nada. Ni a la luz, ni a los juguetes.
Hasta que un día un médico del pueblo dijo que el problema no eran los ojos.
Era el dolor.
Un dolor constante que lo mantenía rígido y en silencio.
Renata observó otra vez al bebé.
El pequeño Felipe tenía los puños apretados.
La mandíbula rígida.
El cuerpo tieso como una tabla.
Aquello no era ceguera.
Era sufrimiento.
Renata salió corriendo del cuarto.
Buscó al barón.
Lo encontró en el despacho, con una botella de vino casi vacía sobre la mesa.
—¿Qué haces aquí? —gruñó él.
Pero Renata no se detuvo.
—Señor… el niño no está ciego.
El barón se levantó de golpe.
—¡Cuidado con lo que dices!
—No está ciego —repitió ella con voz firme—. Algo le duele. Mucho.
Sebastián la miró como si estuviera loca.
Pero algo en la seguridad de aquella joven lo hizo dudar.
Subieron juntos a la habitación.
Renata repitió lo que había hecho.
Chasqueó los dedos.
Felipe parpadeó.
El barón se quedó inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dios mío…
A la mañana siguiente trajeron a un nuevo médico desde Sevilla.
Esta vez el examen fue distinto.
Minucioso.
Largo.
Y finalmente llegó la respuesta.
El niño no era ciego.
Sufría una fuerte presión en los nervios del cuello provocada durante el parto.
Un problema doloroso que le impedía moverse y reaccionar con normalidad.
Pero tenía tratamiento.
Meses después, el pequeño Felipe empezó a reír.
A moverse.
A mirar la luz que entraba por las ventanas de la casa.
Y el día que el niño siguió con la mirada una mariposa en el jardín, el barón Sebastián no pudo contener el llanto.
Aquel día comprendió algo que nunca olvidaría.
Los médicos habían mirado con los ojos.
Pero Renata había visto con el corazón.
Y gracias a ella, su hijo volvió a encontrar la luz.