Fără categorie

Durante tres días seguidos, el mismo cuervo se estrelló contra el parabrisas del autobús

Entre los arbustos había un coche.

Apenas se veía desde la carretera. Había quedado inclinado en una pequeña hondonada, cubierto por ramas, barro y vegetación.

Manuel tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

Entonces vio una mano detrás de una de las ventanillas.

—¡Dios mío!

Corrió hacia el vehículo.

Era un turismo gris. La parte delantera estaba hundida contra un árbol y una de las puertas había quedado deformada por el impacto.

Dentro había una mujer.

Manuel golpeó el cristal.

—¡Señora! ¿Me oye?

La mujer movió ligeramente la cabeza.

Estaba viva.

En ese momento escuchó algo detrás de él. Varios pasajeros habían bajado del autobús y se acercaban por el sendero.

—¡Llamad al 112! —gritó Manuel—. ¡Ahora mismo!

Una de las pasajeras sacó el móvil.

Manuel volvió a mirar dentro del coche.

—Ya viene ayuda. No intente moverse.

La mujer abrió los ojos con dificultad.

Sus labios se movieron.

Manuel acercó el oído al cristal roto.

—Mi hijo…

Sintió un escalofrío.

Miró el asiento trasero.

Había una sillita infantil vacía.

—¿Dónde está su hijo?

La mujer intentó levantar una mano y señaló hacia la parte trasera del coche.

Manuel rodeó el vehículo.

El cuervo había bajado de una rama y estaba unos metros más allá, en el suelo.

De repente echó a volar.

Manuel lo siguió con la mirada.

El pájaro se posó junto a unas zarzas.

Corrió hacia allí.

—¡Aquí! —gritó.

Debajo de las ramas había un niño.

Tendría unos seis o siete años. Estaba tumbado de lado, cubierto de barro, con una chaqueta azul empapada.

Manuel se arrodilló.

—Eh, pequeño. ¿Me escuchas?

El niño abrió los ojos.

—Mamá…

—Tu madre está aquí. Tranquilo.

Manuel no quiso moverlo. Había aprendido en los cursos de primeros auxilios de la empresa que, después de un accidente, hacerlo sin necesidad podía empeorar una lesión.

Se quitó la chaqueta y lo cubrió.

Uno de los pasajeros llegó corriendo.

—La ambulancia está de camino.

—Diles que hay dos heridos. Una mujer atrapada en el coche y un niño aquí.

Los siguientes minutos parecieron eternos.

Después se escucharon las sirenas.

Llegaron una ambulancia, la Guardia Civil y un vehículo de bomberos.

Los sanitarios atendieron primero al niño mientras los bomberos comenzaban a liberar a la mujer.

Un agente se acercó a Manuel.

—¿Ha encontrado usted el coche?

Manuel señaló al cuervo, que seguía sobre una rama.

—En realidad, él.

El agente lo miró sin entender.

Manuel le contó lo ocurrido durante los tres días anteriores.

Al principio, el hombre pareció pensar que estaba exagerando.

Hasta que una pasajera intervino.

—Es verdad. Yo iba en el autobús anteayer. El pájaro hizo exactamente lo mismo.

La estudiante que había grabado al cuervo enseñó los vídeos.

Siempre la misma curva.

Siempre el mismo vuelo hacia aquel sendero.

Mientras hablaban, uno de los bomberos se acercó.

—La mujer está consciente. Dice que tuvieron el accidente hace casi tres días.

Manuel palideció.

El coche había salido de la carretera durante una noche de lluvia y había caído en aquella hondonada. Desde el asfalto resultaba prácticamente imposible verlo.

La mujer había quedado atrapada.

El niño había conseguido salir por una ventanilla rota, pero se había lesionado y apenas podía caminar.

—¿Y nadie los buscaba? —preguntó Manuel.

—Sí —respondió el agente—. La familia denunció su desaparición. Se estaba buscando el coche, pero nadie sabía exactamente qué ruta habían tomado.

Manuel miró otra vez al cuervo.

Entonces la mujer, ya colocada en una camilla, pidió hablar con él.

Manuel se acercó.

—Gracias —susurró ella.

—No me dé las gracias a mí.

Señaló hacia el árbol.

La mujer vio al pájaro y empezó a llorar.

—Mi hijo le daba de comer.

Manuel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Desde hace meses. Hay una zona de descanso unos kilómetros más arriba. Parábamos allí algunos fines de semana. Mi hijo siempre llevaba trozos de pan y frutos secos para ese cuervo. Decía que era su amigo.

Manuel miró al niño, que estaba siendo atendido junto a la ambulancia.

De repente, lo ocurrido dejó de parecer completamente inexplicable.

Quizá el animal había reconocido el coche.

Quizá había reconocido al niño.

Nadie podía saber exactamente qué había ocurrido durante aquellos tres días.

Pero había una cosa indiscutible: el cuervo había insistido hasta conseguir que alguien lo siguiera.

La mujer y su hijo fueron trasladados al hospital.

Ambos sobrevivieron.

Aquella tarde, cuando Manuel regresó a las cocheras, el responsable de la línea lo esperaba.

Manuel pensó inmediatamente en la amenaza del día anterior.

—Ya sé que he vuelto a parar el autobús —dijo—. Si tienes que sancionarme…

El hombre negó con la cabeza.

—Olvídate de eso.

Dejó el móvil sobre la mesa. En la pantalla aparecía el vídeo grabado por la estudiante.

—Hoy has hecho lo correcto.

Manuel sonrió ligeramente.

—Yo solo seguí a un pájaro.

Una semana después volvió a conducir por aquella carretera.

Al acercarse a la curva redujo la velocidad.

Los pasajeros también miraron hacia fuera.

Sobre el poste torcido estaba el cuervo.

Esta vez no se lanzó contra el parabrisas.

Simplemente permaneció allí.

Manuel levantó una mano desde el volante.

El cuervo inclinó la cabeza durante unos segundos y después abrió las alas.

Voló sobre el autobús y desapareció entre los árboles.

Manuel siguió conduciendo.

Nunca empezó a creer en señales.

Pero desde aquel día, cuando algo aparentemente insignificante insistía una y otra vez en llamar su atención, procuraba no reírse demasiado deprisa.