Fără categorie

Murieron apenas media hora después de casarse. El motivo dejó a todos conmocionados

El vigilante reaccionó enseguida.

—¡Señor! ¡Señora!

Alejandro estaba desplomado junto al sillón. Clara permanecía inmóvil cerca de la ventana.

El hombre llamó al 112 y siguió las indicaciones que le dieron por teléfono mientras esperaba la llegada de los sanitarios.

La ambulancia tardó pocos minutos.

Clara aún tenía un pulso débil.

Alejandro también estaba vivo.

Los trasladaron urgentemente al hospital.

Cuando sus antiguos compañeros los vieron entrar en Urgencias, nadie entendía nada.

Media hora antes los habían despedido entre abrazos después de una boda que muchos consideraban inexplicable.

Ahora los dos estaban inconscientes.

Al principio, algunos pensaron en una intoxicación.

Otros hablaron de medicamentos.

Incluso hubo quien recordó el delicado estado de Clara y supuso que Alejandro había intentado hacer alguna locura para acompañarla.

Pero las primeras pruebas descartaron aquella posibilidad.

La explicación era mucho más sencilla.

Y también más cruel.

Clara padecía una enfermedad oncológica avanzada. Llevaba semanas ingresada y su organismo estaba extremadamente debilitado.

Alejandro lo sabía.

Precisamente por eso había querido cumplir su último deseo.

Lo que nadie sabía era que él también estaba enfermo.

Hacía meses que sufría episodios de dolor en el pecho.

Los había ignorado.

Después empezaron los mareos.

También los ignoró.

Como cirujano, conocía perfectamente las señales.

Como marido que todavía no sabía que iba a serlo, había decidido que podía esperar.

Aquella mañana, antes de la ceremonia, uno de sus compañeros le había pedido que se sometiera a una revisión.

Alejandro se negó.

—Hoy no —respondió—. Hoy es de ella.

En el hotel, mientras Clara contemplaba el mar, comenzó a sentirse mal.

—Alejandro…

Él se acercó inmediatamente.

Clara perdió el conocimiento entre sus brazos.

El estrés, el esfuerzo del traslado y el deterioro de su enfermedad habían provocado una crisis grave.

Alejandro intentó ayudarla.

Fue entonces cuando sintió un dolor intenso en el pecho.

Consiguió alcanzar el teléfono del hotel y llamar a recepción.

Solo pudo decir:

—Habitación 214. Ambulancia.

Después cayó al suelo.

Eso era lo que el vigilante había encontrado.

No dos personas muertas.

Sino dos personas al límite al mismo tiempo.

Clara recuperó brevemente la consciencia en Urgencias.

Alejandro estaba siendo atendido en otra sala.

—¿Mi marido? —preguntó.

Una enfermera le cogió la mano.

—Los médicos están con él.

Clara sonrió débilmente al escuchar aquella palabra.

«Marido».

La había esperado durante años.

Pidió entonces el cuaderno que llevaba consigo.

La enfermera lo había recogido entre sus pertenencias.

Clara arrancó una página, escribió unas pocas líneas con dificultad y la dobló.

—Para Alejandro.

Murió aquella misma noche.

Alejandro sobrevivió.

Había sufrido un infarto y necesitó una intervención urgente.

Cuando despertó dos días después, lo primero que preguntó fue por Clara.

Nadie quiso mentirle.

Permaneció en silencio durante mucho tiempo.

Después pidió el sobre que Clara llevaba en el bolsillo de su vestido.

Dentro había unos documentos.

Y una carta.

Aquello permitió comprender finalmente por qué se habían casado con tanta urgencia.

Clara no había sido siempre la mujer solitaria que algunos empleados del hospital creían conocer.

Había trabajado durante años como profesora de música en Valencia.

Tras enfermar, perdió poco a poco su trabajo, sus ahorros y finalmente su vivienda.

Cuando llegó al hospital, prácticamente no tenía familia cercana.

Alejandro la había conocido meses atrás después de verla varias veces esperando sola tras sus tratamientos.

Primero hablaron unos minutos.

Después tomaron café.

Con el tiempo, él descubrió que Clara llevaba un cuaderno donde anotaba pequeños deseos que todavía quería cumplir.

Ver amanecer frente al Mediterráneo.

Escuchar una orquesta una vez más.

Dormir una noche oyendo el mar.

Y uno que nunca le había enseñado:

«Saber cómo se siente tener una familia antes de morir».

Alejandro lo descubrió accidentalmente.

Y decidió pedírselo.

No por lástima.

No para convertirse en un héroe.

Durante aquellos meses se había enamorado de ella.

Los documentos del sobre también dejaban algo claro: Clara no tenía ninguna fortuna escondida.

Nada que Alejandro pudiera heredar.

De hecho, era exactamente al contrario.

Alejandro había preparado los papeles necesarios para hacerse cargo de los gastos pendientes de Clara y garantizar que, cuando llegara el momento, fuera enterrada como ella deseaba.

Una semana después, todavía recuperándose, recibió la hoja que Clara había escrito en Urgencias.

Solo contenía unas líneas:

«No estés triste porque duró poco. Esta mañana desperté sin tener a nadie y esta noche me voy sabiendo que alguien me eligió. Para mí, ha sido suficiente».

Alejandro leyó la nota varias veces.

Después cerró los ojos.

Meses más tarde regresó a trabajar.

En la capilla del hospital seguían celebrándose ceremonias religiosas, despedidas y momentos de silencio.

Pero sobre una pequeña mesa apareció un cuaderno.

No llevaba el nombre de Clara.

Solo una frase:

«¿Qué te gustaría hacer mientras todavía puedas?»

Pacientes, familiares, médicos y enfermeras comenzaron a escribir allí.

Algunos deseos eran enormes.

Otros apenas ocupaban una línea.

«Volver a casa».

«Comer con mis hijos».

«Pedir perdón a mi hermano».

«Ver el mar».

Alejandro nunca contó públicamente cuál de aquellas frases había pertenecido a Clara.

Tampoco corrigió a quienes durante aquella primera noche habían dicho que los recién casados habían muerto juntos.

Porque, en cierto sentido, una parte de él también había terminado aquella noche.

Pero no murieron media hora después de su boda.

Clara murió horas más tarde.

Y Alejandro sobrevivió para contar la verdadera razón por la que dos personas habían sido encontradas inmóviles en aquella habitación: ella estaba perdiendo su última batalla contra la enfermedad y él había ignorado durante demasiado tiempo una enfermedad cardíaca que casi le costó la vida precisamente cuando intentaba salvarla.